| |
Historia
Ecuestre
Los caballos en el imperio Bizantino:
Constantinopla
En la Constantinopla de Justiniano
fue extraordinaria la afición a las carreras; Los equipos,
distinguidos por sus colores, suscitaban violentas pasiones entre
los forofos, con el emperador a la cabeza.
Cualquier domingo por la tarde, en el
estadio de cualquier ciudad española. En la tribuna VIP decenas
de políticos, empresarios, intelectuales y actores, discuten
sobre las habilidades de los futbolistas y participan en las vicisitudes
de su equipo.
Hace 1550 años, a mediados del siglo VI, en el estadio de
Bizancio, el emperador Justiniano asiste a la carrera de cuadrigas,
el deporte más popular de la época. Compiten cuatro
equipos que se distinguen por los colores que visten los jockeys:
los blancos, los rojos, los azules y los verdes.
Justiniano es un forofo que grita y
gesticula, animando a sus preferidos, lo mismo que los dignatarios
de su corte, que se sientan a su lado, en la grada. También
anima la emperatriz Teodora, no sabemos si a los caballos o directamente
a los jockeys, si tenemos en cuenta la opinión de los escritores
contemporáneos, ya que según Procopio de Cesárea,
historiador muy al tanto de los asuntos secretos de la casa imperial:
“Su primera ambición es el adulterio”.
El pueblo participa, aúlla, sufre,
se apasiona, toma partido, se divide, defiende los colores de su
equipo. La fiebre del estadio en Bizancio del siglo VI hace olvidar
la dictadura de Justiniano, los impuestos de Justiniano, las guerras
de Justiniano, los gastos de Justiniano y a la mujer de Justiniano.
Y el poder político de Justiniano
sabe manejar la fiebre por los caballos del estadio, porque en aquel
Bizancio el poder político estaba directamente ligado al
deporte. Umberto Brócoli cuenta en cómo en el estadio
se mezclan y se confunden los hinchas de los equipos y los militantes
de los partidos políticos.
Historia del Fanatismo Deportivo:
Barras bravas en Bizancio
La violencia de las hinchadas no es
nueva. En el año 532, una batalla entre fanáticos
Verdes y Azules terminó con una masacre. Según contó
Procopio de Cesarea, la negligencia del emperador llevó la
violencia del hipódromo a toda la ciudad. Esta nota recorre
cantitos, imprecaciones y costumbres de los barrabravas de la antigüedad.
Las violencias en el estadio, y alrededor
del estadio, ya resultaban intolerables. Peleas, enfrentamientos
entre hinchadas rivales eran frecuentes en aquellos años.
Pero esa vez superaron la marca. A mediados de enero el público
se desató en las tribunas, ya había habido refriegas.
Los desórdenes se extendieron a las calles aledañas.
Intervino la policía. Se les fue de las manos. Arrestaron
a hinchas de ambos equipos. Entonces sucedió algo imprevisto:
los revoltosos de una y otra hinchada frenaron las hostilidades
y se aliaron contra la policía y el gobierno para pedir la
liberación de los detenidos. En ese momento, las autoridades
cometieron un error fatal: subestimaron la gravedad de la situación,
decidieron continuar con las actividades deportivas como si nada
hubiera pasado.
Probablemente querían demostrar
que unos pocos revoltosos no tenían poder suficiente para
alterar la ciudad. O pensaron que la pasión deportiva se
impondría a las explosiones de bronca. Los espectadores incendiaron
las tribunas, se precipitaron a la ciudad y prendieron fuego la
sede de la policía, la iglesia de Santa Sofía, todo
el barrio. El 17 de enero intervinieron las tropas tracias fieles
al emperador, pero en las callecitas angostas de Constantinopla
no pudieron hacer mucho y se vieron obligadas a batirse en retirada
a los cuarteles.
El domingo 18, Justiniano volvió
al hipódromo, donde las carreras seguían figurando
en el programa, con los evangelios bajo el brazo en señal
de disposición a perdonar a los revoltosos y no desilusionar
a los hinchas. Bajo una lluvia de silbidos y objetos lanzados tanto
por los Azules como por los Verdes, tuvo que alejarse a toda prisa.
Intervinieron las tropas. Víctimas del pánico, aplastadas
por la multitud, sofocadas contra las puertas trabadas, masacradas
por los soldados, perecieron treinta mil personas en un estadio
con capacidad para cien mil: la mayor masacre de hinchas de la historia.
Corría el mes de enero del año
532. En la Nueva Roma cristiana fundada por Constantino. Así
lo cuenta el historiador bizantino Procopio de Cesarea (que vivió
alrededor del 500 y el 565dC.). La crónica forma parte del
prólogo de un libro del especialista en la antigüedad
Fik Meijer recién traducido al italiano: El mundo de Ben
Hur. El espectáculo de las carreras en la antigua Roma (Laterza).
Durante casi un milenio, el equivalente de nuestros partidos de
fútbol fueron las carreras en el hipódromo. Pero en
Constantinopla-Bizancio el fanatismo extremo, la división
de toda la ciudad en dos facciones principales, Azules y Verdes,
había alcanzado el punto máximo, se había convertido
en hábito; en institución. También estaban
los Rojos, aliados a los Verdes, y los Blancos, aliados algunos
a los Azules, otros a los Verdes. Los Negros habían desaparecido.
Desde el originario ámbito deportivo
y del entertainment, el fenómeno se había extendido
a la política y la religión. La organización
de la hinchada había adquirido una dimensión independiente
de la dirección técnica de los equipos. El jefe se
reclutaba entre los poseedores de las mayores fortunas, gente que
tenía poderosos intereses comerciales y sabía manejar
el dinero. Se movía mucha plata. Las cosas se embrollaron
más cuando el emperador Justiniano se alineó abiertamente
con una de las dos facciones, los Azules. Y al hacerlo "terminó
creando un desorden y una conmoción generales", "aunque
no todos los Azules aprobaban sus ideas, sino sólo los extremistas",
nos dice Procopio en su Historia Secreta (o Anecdota). Los fanáticos
habían introducido nuevas modas. "Los fanáticos
no se afeitaban la barba ni los bigotes, que se dejaban crecer hacia
abajo al uso persa". Otros "se rapaban hasta las sienes,
atrás en cambio se dejaban colgar una pelambre larguísima
y descuidada... por eso a esa moda se la llamó estilo huno".
En pocas palabras, en cuero y peludos.
Otro elemento extraño era la
forma en que se vestían: "Llevaban las mangas de la
túnica muy apretadas alrededor de los puños y exageradamente
amplias hacia los hombros. Y cuando en los teatros y en el hipódromo
alzaban los brazos, como se estila, para gritar y alentar, esa parte
de la túnica se inflaba y flotaba... y a los incautos les
daba la impresión de que necesitaban prendas con esa amplitud
para cubrir un cuerpo extraordinariamente musculoso... elegían
capas, pantalones y sobre todo zapatos siguiendo la moda de los
hunos".
Procopio describe con tintes sombríos
el paso a la violencia sistemática: "Entonces comenzaron
a circular casi todos visiblemente armados, de día llevaban
pegados al muslo puñales de doble hoja, ocultos bajo la capa;
apenas oscurecía se reunían en bandas y asaltaban
a las personas de bien. (...) Esta asociación para delinquir
atraía a masas de jóvenes que nunca antes habían
experimentado deseos de cosas por el estilo y ahora se veían
arrastrados por la perspectiva de una violencia ejercitada sin riesgos...
Al perdurar la alarmante situación sin que interviniese la
autoridad de la policía contra los responsables, su impudicia
crecía día tras día". Hasta tal punto
que "la gente ya no aguantaba más, ni siquiera a los
menos desenfrenados de los Azules, que tampoco se salvaban".
Procopio no es un testigo imparcial.
Siente un odio visceral hacia Justiniano y sobre todo hacia su mujer
Teodora. No les perdona una. Llega a insinuar que eran cómplices
hasta cuando fingían pelear: "El emperador y la esposa
generalmente fingían tener visiones diferentes sobre las
cuestiones controvertidas: obviamente, prevalecía la decisión
ya convenida por los dos en privado". En la Anecdota saca a
relucir todo el veneno que había mantenido oculto en sus
libros anteriores, cuando "todavía estaba con vida"
el autor de las fechorías que denuncia. Al padre del derecho
occidental le reprocha en particular las leyes ad personam: si la
justicia le creaba dificultades a alguien, "bastaba alargar
otro poco de oro a Justiniano y rápidamente se redactaba
una ley a medida", si en cambio "a alguien le venía
bien la ley abolida, sin tardanza la exhumaba y entraba en vigor;
en suma, ninguna norma era sólidamente fija, la balanza de
la justicia oscilaba para un lado y para el otro y se bajaba el
platillo allí donde más fuerte era el peso del oro".
No queda muy claro qué diferenciaba
a los Azules y los Verdes, fuera del fanatismo por el equipo respectivo.
Tampoco Procopio consigue explicarnos por qué los hinchas
"se pelean con los adversarios sin saber exactamente por qué,
salvo que si matan a los adversarios corren el riesgo de terminar
en la cárcel". No le resulta claro el mecanismo por
el cual en estos hombres "crece una hostilidad sin razón
respecto de otros seres humanos y no cesa ni cede ante vínculos
de matrimonio y amistad, ni siquiera entre hermanos y parientes...
No le importa nada de lo humano y ni siquiera de lo divino, salvo
los colores de su equipo". Le resulta lógico que sean
hinchas "hasta las mujeres". "No sabría bien
cómo definir todo esto, salvo como psicopatología
(psyches nosema)", concluye Procopio en Historia de las guerras.
Las interpretaciones marxistas según
las cuales los Azules representaban a la aristocracia y los Verdes
a los artesanos y a los pequeños comerciantes han caído
en desuso. Al parecer, ambas facciones tenían ricos y pobres,
profesionales y políticos. Idénticos eran los métodos
y también los eslóganes. Alan Cameron, autor de algunos
de los estudios más profundos en la materia (Circus Factions.
Blues and Greens at Rome and Byzantium es un ensayo sobre el más
famoso de los aurigas de Constantinopla, Porfirio) refiere cánticos
tipo: "Quema acá, quema allá /No más Verdes
alalá"; o: "Incendiemos, incendiemos/ Azules no
queremos". Ay, ay, ay, oloi, oloi, el estribillo; la ola, podría
decirse. Entre las cosas más divertidas del libro de Meijer,
un par de citas en tablas grabadas por los hinchas. Rozan el arte
sublime de la yeta. "Yo te invoco, oh demonio, seas quien seas,
y te pido que atormentes a los caballos de los Verdes y de los Blancos
y que los mates y hagas morir en un enfrentamiento a los aurigas
Clarus, Felix, Romulus y Romanus, y que en ellos no quede ni un
hálito de vida", se lee en un grabado de un hincha de
los Azules.
Otra tabla enumera, uno por uno, los
nombres de los caballos del equipo adversario y los accidentes augurados
a sus conductores: "tales las manos, quítales la victoria,
no los hagas llegar a la línea de llegada, niégales
el triunfo, núblales los ojos de manera que no puedan ver
a los adversarios, sujétalos, hazlos caer de los carros,
arrójalos al suelo, de manera que caigan y sean arrastrados
por toda la pista, sobre todo al lado de las columnas y que resulten
gravemente heridos, ellos y sus caballos".
Con la llegada del cristianismo cambian
apenas algunos detalles. "Yo os invoco santos ángeles
y santos nombres para que mañana en la arena atéis
a Eucherio el auriga, que lo enredéis, que lo hagáis
caer, que lo hiráis, que lo destruyáis, que lo matéis
y lo hagáis reventar... impedidle que pase a otro, hacedlo
tropezar... que sea aplastado, que sea arrastrado... ahora, ahora,
ya mismo, ya mismo", dice una tableta hallada en la via Appia.
Muchos intelectuales, entonces y antes
aún, se esforzaron por conocer a fondo el fenómeno.
Plinio el Joven (62-113dC.) no logra explicarse cómo es que
"tantos miles de hombres, volviendo a convertirse en ese momento
en niños, desean contemplar caballos de carrera y aurigas
plantados en carros". Dice que "si su entusiasmo naciera
de la velocidad de los caballos o de la maestría de los aurigas,
esa pasión todavía tendría alguna justificación".
A Plinio le resulta incomprensible que "sean hinchas de una
camiseta, que sufran por una camiseta y si, en el desarrollo de
la carrera o en el corazón de la competencia, aquel color
llegara más allá y éste quedara acá,
intercambiarían también el ardor y el fanatismo y
abandonarían de golpe a los famosos conductores, los famosos
caballos que suelen reconocer de lejos y cuyo nombre no se cansan
de gritar. Tanto es el crédito, tanto el prestigio de los
que goza una camisa de dos centavos, no digo a los ojos del vulgo,
que vale aún menos que los dos centavos de la camisa, sino
a los ojos de ciertos señores de gran peso".
El cristiano Tertuliano (160-240dC.)
lo diría más duramente: "Esta es la prueba de
su ceguera: no ven qué se ha hecho caer; creen que se trata
de un paño, pero en realidad es la imagen del diablo precipitado
desde lo alto. Así, a partir de ese instante se desencadenan
el delirio, las pasiones, las refriegas... Vale decir, maldiciones,
insultos sin un verdadero motivo de odio e incluso apreciaciones
entusiastas sin un verdadero motivo de amor. ¿Qué
ventaja pretende obtener, qué hacen allí personas
que ya ni siquiera son ellas mismas? ... Y entonces, ¿qué
puede haber más triste que el estadio?" Agustín
de Hipona (354-430dC.), que no era apasionado de carreras, sino
de política, emociones humanas y psicología de las
multitudes, sí era más comprensivo en cuanto al fanatismo
deportivo: en un sermón llegó a indicar a los fieles
el fanatismo en el estadio, el amor por el auriga del propio equipo,
inquebrantable e incondicional, indiferente a cualquier otra cosa,
como ejemplo de cómo habría que abandonarse al único
Dios verdadero.
fuente:
http://www.elmundo.es/
http://www.clarin.com/
|